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La ciencia de la literatura

Ciencia ficción en el mundo de las letras

La ciencia de la literatura

Mila Rodríguez Medina

“Ninguna de las culturas conoce las virtudes de la otra; a menudo parece que rechacen deliberadamente conocerlas. El resentimiento que la cultura tradicional siente hacia la científica está marcada por el miedo; desde el otro lado, el resentimiento se ve inundado por la irritación. Cuando los científicos se encuentran con una expresión de la cultura tradicional, tiende (usando la elocuente expresión del Sr. William Cooper) a provocarte dolor de pies”. Así establecía C. P. Snow en 1956 las diferencias existentes entre lo que él consideraba las “dos culturas”: lo científico y lo humanístico. En su artículo The two cultures publicado en la revista New Statesman y posteriormente ampliado en una conferencia y un libro, Snow sostenía que entre ciencia y literatura existe una enorme brecha cuyas diferencias son insalvables. A través de su experiencia personal como científico interesado en el mundo de las letras, explicaba que “constantemente sentía que me estaba moviendo entre dos grupos, comparables en inteligencia, idénticos en raza, no demasiado diferentes en origen social, con ingresos similares, que casi habían dejado de comunicarse del todo y cuyo clima intelectual, moral y psicológico tenía tan poco en común que en lugar de pasar de Burlington House o South Kesington a Chelsea, uno podría haber cruzado un océano”.

Pero, ¿realmente están en polos tan opuestos? Al fin y al cabo, puede considerarse que son sólo dos maneras diferentes de enfrentarse a la realidad y convertirla en discurso. Girando sobre esta idea, y jugando con la expresión de C. P. Snow, el festival Kosmópolis, un evento barcelonés dedicado a lo que ellos denominan “literatura amplificada”, dedicaba a mediados de este mes de marzo uno de sus itinerarios a las relaciones entre literatura y ciencia, denominado “Tercera Cultura”.  Roland Barthes, filósofo padre del estructuralismo, publicó en su ensayo “De la ciencia a la literatura” una interesante reflexión donde señala que precisamente lo que las une, es lo que las separa: “Queda un último rasgo que ciencia y literatura poseen en común, pero este rasgo es, a la vez, el que las separa con más nitidez que ninguna otra diferencia: ambas son discursos (la idea del logos en la Antigüedad expresaba esto perfectamente), pero el lenguaje que constituye a la una y a la otra no está asumido por la ciencia y la literatura de la misma manera, o, si se prefiere, ciencia y literatura no lo profesan de la misma manera. El lenguaje, para la ciencia, no era más que un instrumento que interesa que se vuelva lo más transparente, lo más neutro posible, al servicio de la materia científica (operaciones, hipótesis, resultados) que se supone que existe fuera de él y que le precede […] Muy por el contrario, en la literatura, al menos en la derivada del clasicismo y del humanismo, el lenguaje no pudo ya seguir siendo el cómodo instrumento o el lujoso decorado de una ‘realidad’ social, pasional o poética, preexistente, que él estaría encargado de expresar de manera subsidiaria, mediante la sumisión a algunas reglas de estilo: el lenguaje es el ser de la literatura, su propio mundo: la literatura entera está contenida en el acto de escribir, no ya en el de ‘pensar’, ‘pintar’, ‘contar’, ‘sentir’”

Son muchas las tesis que el pensamiento, especialmente del siglo XX, ha generado en torno a la brecha insalvable entre lo científico y lo humanístico. Sin embargo, la literatura comprende miles de expresiones y un vistazo a ejemplos concretos descubre que esa brecha está repleta de matices. Un nombre, un ejemplo, servirá.  La idea de poner objetos en el espacio en órbitas alrededor de la Tierra nació después de finalizar la Segunda Guerra Mundial. En 1945 un oficial de radar de la RAF (Royal Air Force), llamado Arthur C. Clarke, escribió un artículo en la revista Wireless World que hablaba de colocar tres repetidores separados 120º entre sí, a una distancia de 36.000 kilómetros de la Tierra. Estos satélites geoestacionarios serían capaces de dar cobertura a todo el planeta Tierra y mantenerlo comunicado a través de las radiocomunicaciones. Lo sorprendente, lo literario, aparece cuando se comprueba que para esa época no existían los medios necesarios para colocar un satélite ni siquiera en la órbita más baja. Arthur C. Clarke, para los no iniciados que aún no lo hayan relacionado, es el autor de clásicos de la literatura de ciencia-ficción como 2001: una odisea espacial, Cita con Rama o Las arenas de Marte. Y, actualmente, la órbita geoestacionaria, útil para los satélites de telecomunicaciones, es conocida como “órbita de Clarke”.

El universo literario

Sin duda, el universo y la conquista espacial es un imán irresistible para la literatura. La ciencia-ficción le debe la mayor parte de su producción. En el festival Kosmópolis antes citado, el periodista Jacinto Antón y los científicos colaboradores de la NASA, Lara Saiz y Fernando Abilleira, demostraron que prácticamente se puede realizar una historia paralela entre los cambios de la literatura de ciencia ficción y los avances en la conquista del Universo, concretamente relacionados con el planeta Marte. Una de las historias más clásicas de esta “literatura marciana” es La guerra de los mundos” de H. G. Wells. El escritor inglés, influido en 1890 por la Teoría de la Evolución, imaginó todo un mundo marciano que no se comenzaría a estudiar y conocer hasta un siglo después, aunque, eso sí, los descubrimientos diferían en su mayoría de la imaginación de Wells. La guerra de los mundos es literalmente “una guerra de mundos”, una pelea a muerte que podría salir de la mente de Darwin, en el que no el mejor pero sí el más fuerte, la bacteria terrestre, gana. La ciencia-ficción es un género literario que sin duda está influido por la ciencia: en ella reside su quintaesencia. Es imaginación científica y cualquier libro dentro de sus fronteras es un ejemplo claro de la porosa línea que separa literatura y ciencia. En un sentido estricto, puede que excesivamente claro. La relación entre letras y conocimiento científico es mucho más compleja, mucho más presente. 

Los escritos científicos de Galileo, en particular los párrafos en que describe la Luna, son auténtica literatura. De hecho, Italo Calvino lo consideraba el mejor escritor en prosa del idioma italiano. “El escritor más grande de la literatura italiana de todos los siglos, Galileo, tan pronto comienza a hablar de la Luna, su prosa adquiere un grado de precisión y evidencia y ligereza lírica prodigiosas”, aseguraba Calvino. Lo cierto es que cualquier fragmento del Sidereus Nuncius de Galileo hace difícil contradecir a Calvino. Como éste: “Muchas a modo de resplandecientes excrecencias, se esparcen en efecto más allá de los confines de la luz del Sol y las tinieblas, penetrando en el interior de la parte oscura, y por el contrario, pequeñas partículas tenebrosas entran en el interior de la zona iluminada. Además, una gran cantidad de pequeñas manchas negruzcas separadas por completo de la parte tenebrosa, se esparcen por toda la extensión ya alcanzada por la luz del Sol, únicamente excepto aquella parte cubierta por las manchas grandes y antiguas”.

 

Letras de unas teorías revolucionarias

No es necesario quedarse más allá de la atmósfera para ver la fascinación de la escritura por la ciencia del mundo que le rodea. La física, campo aparentemente aislado en un concepto de ciencia ardua y especializada, ha visto cómo sus teorías más revolucionarias, que cambiaron el devenir del conocimiento en el siglo XX, se han interrelacionado con los llamados “literatos”. Ortega y Gasset dijo en la Residencia de Estudiantes sobre Einstein, en 1922: “Nada influye tan decisivamente en la historia como la imagen que el hombre tenga de su contorno, del universo. Por eso, la física de Copérnico, Galileo y Newton fue como el molde en que se forjó la vida moderna. A tal idea sobre el cosmos corresponde, irremisiblemente, tales ideales éticos, políticos y artísticos. En este sentido no es aventurado predecir que la física de Einstein contiene en germen la integridad de una nueva cultura”. El padre de la teoría de la relatividad, que cambió para siempre la manera de concebir el tiempo y el espacio, visita España en los últimos días del invierno de 1923 y, ese mismo año, Gómez de la Serna escribe y publica El novelista, una narración que incorporará fragmentos de la Teoría de la Relatividad adaptados a las necesidades de su protagonista Andrés Castilla y modificados por la conciencia de la percepción de la realidad. Un libro, cuyo título no puede ser más exclusivamente literario, que introducía sin tapujos nuevas ideas científicas en un argumento ficcional: “El novelista Andrés Castilla oía en su despacho el reloj de pared y el reloj de bolsillo, que acostumbraba a poner sobre la mesa, porque el otro quedaba demasiado en la penumbra para ver la hora tantas veces y tan rápidamente como lo requería su impaciencia. ‘¿Es que pueden ser los dos tiempos el mismo?’, se paró a pensar el novelista. Se diría, realmente, que el tiempo del reloj grande de pared era más pausado, más pesado, más lento, un tiempo que no envejecería nunca demasiado, mientras el reloj rápido, con mordisconería de ratón para el tiempo, con goteo instante más que instantáneo, le envejecería pronto. ‘No es la misma clase de tiempo el del uno y el del otro’, concluyó el novelista”.

La otra teoría fundamental de la física del siglo XX fue la de los universos paralelos de la física cuántica. Hugh Everett, físico norteamericano, fue el primero en enunciar la hipótesis física que propone la existencia de varios universos o realidades relativamente independientes, que, junto a la teoría de cuerdas, ha hecho entrever la posibilidad de la existencia de múltiples dimensiones y universos paralelos conformando un multiverso. Sin embargo, Everett no fue el primero en concebir universos paralelos que se bifurcan. El científico anunció su teoría en 1957 y, en 1944, Jorge Luis Borges, el escritor más citado por el mundo de la ciencia, publicaba su libro Ficciones, donde incluía el relato El jardín de los senderos que se bifurcan. Un relato breve que, producto de la imaginación e inteligencia excepcionales de Borges, propone un ejercicio de metaliteratura al explicarle al lector la existencia de un libro que habla de realidades paralelas: “En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el manuscrito que usted ha examinado. Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta —simultáneamente— por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan. De ahí las contradicciones de la novela”.

De vuelta al Kosmópolis, en dicho festival las investigadoras científicas Tamara Vázquez Schröder, Martine Bosman y Sonia Fernández-Vidal, dedicadas a la investigación del proyecto ATLAS del LHC (Gran Colisionador de Hadrones, en inglés) dentro del CERN establecían un curioso paralelismo entre la búsqueda del Bosón de Higgs y el relato “La caza del snark” de Lewis Carroll. El Bosón de Higgs es la partícula perdida, aquella que, entre otras muchas cosas, podría explicar por qué algunas partículas tienen masa y otras no y que llevaría, en un futuro prometedor, a entender las eternas preguntas del origen y el funcionamiento del cosmos, la naturaleza y el propio ser humano. Una investigación lenta y cuya complejidad es casi más cercana a la imaginación que al concepto tradicional de ciencia empírica. Parece, de hecho, que Carroll hable de este método científico al describir las maneras de cazar una criatura extraña como el snark: ““’Puedes buscarlo con dedales, buscarlo con cuidado,/cazarlo con tendores y esperanza,/con acciones de los ferrocarriles amenazarlo/y hechizarlo con sonrisas y jabón…’/(‘Ése es exactamente el método’, dijo, decidido,/el capitán en un paréntesis repentino,/’¡Ésa es exactamente la forma que a mí siempre me han contado/para intentar la caza del snark!’)”

Una ciencia privada

La literatura es, en su esencia, un acto privado, tanto en su creación como en su recepción. Así que no es necesario hablar del universo o de física cuántica. La literatura habla del ser humano mismo y el pensamiento científico tiene en la neurociencia o la biología su equivalente. Uno de los escritores cuyas historias guardan una estrecha relación con la neurociencia es Julio Cortázar, que en su libro La vuelta al día en ochenta mundos incluye el capítulo Acerca de la manera de viajar de Atenas a Cabo Sunion, donde juega con las trampas de la memoria y lo esquivo de la imaginación frente a la realidad.

Es inevitable volver a Borges. Otro de sus conocidos relatos breves es Funes, el memorioso, una interesante reflexión sobre la relación entre memoria y conocimiento cuyo protagonista poseía una memoria inabarcable, sin filtros ni límites: “Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez”, contaba Borges. 

El neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga publicó en 2010 un artículo al respecto en la revista Nature: “En la historia de Funes, Borges describió con mucha precisión los problemas de unas capacidades distorsionadas de la memoria mucho antes de que la neurociencia lo captara. Ahora sabemos que la función de la memoria está vinculada a un área concreta del cerebro, el hipocampo, que se encuentra en el final de la vía neuronal que procesa la información sensorial. Gran parte de este conocimiento proviene del estudio del Paciente H.M., a quien, en la década de 1950, se le había extirpado quirúrgicamente el hipocampo para curarlo de la epilepsia. Incluso sin este conocimiento científico, la descripción intuitiva de Borges es aguda”. De hecho, Quian Quiroga destacaba la reflexión final del cuento del escritor argentino, que posee una destacable sencillez y claridad científicas: “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.

No queda duda de que, en la práctica, la ciencia y la literatura no viajan por caminos tan distintos. Son cientos las anécdotas que han cruzado estas aparentes líneas paralelas que viven lo científico y lo humanístico y los ejemplos se hacen difíciles de abarcar. Muchas de esas anécdotas poseen una belleza singular, como ésta que señala al poema más antiguo escrito de la literatura occidental. En la Grecia clásica, Aristóteles sentó las bases de la doctrina de la generación espontánea que defendía que podía surgir vida compleja, animal y vegetal, de manera espontánea a partir de la materia inorgánica. Fue una doctrina ampliamente aceptada durante siglos pero, en la segunda mitad del siglo XVII, el médico en jefe de la corte de los Medici, Francesco Redi, se encontraba realizando una relectura de La Ilíada que cambiaría la historia de la ciencia. En el libro diecinueve de la epopeya atribuida a Homero, Thetis, madre de Aquiles, cubre el cadáver de Patroclo, amigo de Aquiles, para protegerlo de los gusanos y las moscas que “corrompen los cuerpos de los hombres muertos de batalla”. Y Redi no tardó en darse cuenta de la incongruencia escondida en la obra clásica: si los gusanos y las moscas podían surgir directamente, siguiendo la doctrina de Aristóteles, de la carne en descomposición de un cuerpo humano, la protección que aquella ninfa madre debía ser inservible. El italiano, llevado por esta duda, condujo los primeros experimentos rigurosamente controlados de la bilogía y en 1668 publicó Experiencias en torno a la Generación de los Insectos, donde concluyó que ni las plantas ni la carne se descomponían cuando estaban aisladas y, por tanto, no juegan un rol en la generación de insectos sino que proveen un nido para su gestación a partir de huevos. Un avance científico que hoy nos parece incuestionable y que fue inspirado por la creación literaria. Todo apunta a que un día el pensamiento vivirá una sola cultura, sin entender de límites sino de lenguajes. 

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